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miércoles, 4 de mayo de 2011

Dicen que Osama está comiendo chivitos en el Parque Rodó


El mismísimo Barack Obama desde la Casa Blanca dio la orden de que la noticia no se dé a conocer. Roberto Johnson y Johnson fue elegido por el violento Nobel de la Paz para desviar el foco de la información y todos nos comamos la galletita de que habían matado en Pakistán a Osama Carrio Laden. Pero una prostituta de Villa Celina, a la cual le contrató sus servicios nuestro analista internacional, destapó la olla.
“Roberto me pagó para que tengamos sexo. Fuimos a un hotel en Constitución, se lo notaba muy nervioso. En un momento se quebró y comenzó a llorar como un niño”, relató la joven de rostro símil al ex zaguero central de Racing Gustavo Costas.
Una fuente de la comisaría 24 de la Boca, en la cual la trabajadora radicó la denuncia, nos vendió la declaración a cambio de un póster del Pelado Moner con la camiseta de Huracán.
Estos son los datos más sobresalientes que contó Roberto a la joven:
“Osama vive en Montevideo en el barrio de Parque Rodó. Los vecinos dicen que todo el mundo sabe quién es pero no lo buchonean porque es muy buen tipo y ya lo sienten un charrúa más”.
“Todas las mañanas se toma unos mates con sus 108 esposas, le reza a Sebastián Washington Abreu y sale a caminar por la Rambla Presidente Wilson. Es muy tranquilo y se la pasa recibiendo a sus amigos a los cuales agasaja con unos ricos asados. También no para de clavarse unos suculentos chivitos en La Pasiva de la esquina del Palacio Municipal”.
“Se irrita un poco y empieza a putear en un idioma raro cuando pasa algún plancha o como dicen ustedes los argentinos pibe chorro y le grita: “Eh turco puto aguante el Carbonero, Bolso no esistis. El líder de Al Qaeda es fanático de Nacional”.
“Después es un tipo muy tranquilo. Ah, eso sí, cuando suena Tabaré Cardozo en la radio le tira con un rifle al aparato, nadie sabe bien por qué”.

sábado, 30 de octubre de 2010

Más puestos rotatorios III


Avanzando con una locura desenfrenada sobre esta lógica de puestos de gobierno o en sectores claves de la sociedad entre diferentes figuras de diversos países de Sudamérica, en principio nuestras fuentes encuentran ciertas dudas a la hora de traer a Raphael Correa y Alpargata Mujica.
Un inestable kinesiólogo y diseñador de encuestas de opinión asegura que Raphael Correo tendría que ocupar sin lugar a dudas el lugar de cantor oficial: "Puede escribir unas letras recopadas y darle un toque caribeño, haciendo como una simbosis entre Diego Torres e Ignacio Coppani".
Sin embargo, un control de la línea 12 devenido en ensayista de la historia contemporánea en capítulos televisivos aseguró que Correa "debe ser Canciller. Es un tipo recanchero y le gusta a todas las minas. Con eso podemos conquistar todos los mercados mundiales que nos están faltando".
Por su parte, por su parte, un barquillero de plaza y de playa de Mar de Ajó no dudó en proponer al Pepe Alpargata Mujica en un cargo especial polifacético y de alto perfil mediático como Vocero kilombero oficial de la Nación. "Creo que no tiene competencia", sentenció el tipo mientras se hacía un tostado de queso y cebolla con los barquillos.
Pero, pero, pero un empleado de cabina de peaje e integrante obligatorio de cualquier Consejo Consultivo formado o por constituir bosteó que "Mujica estaría dando todo el perfíl para galán de telenovela oficialista".

jueves, 10 de junio de 2010

Las invasiones charrúas 7


Capítulo en la que se revela a la verdadera jefa de la opo

Se quita su larga cabellera rubia, hurga con los dedos en su nuca y apaga el botonete que activa el proceso regenerativo sobre su delicado cutis. Se pone unos grandes anteojos negros, se tapa la cabeza con la capucha del buzo y parte en jogginetas por las callecitas de Barrio Parque. La helada de trasnoche pega fuerte sobre los jardines y los pocos que se cruzan no logran reconocer a la gran diva.
Manotea un par de cascotitos de polvo de ladrillo y prueba varias veces hasta que emboca el gran ventanal. Le tiran un par de sábanas anudadas y nuestra estrella trepa con agilidad las paredes de la mansión.

-¿Querés un té? Mirá que no hay problema, despierto a algunas de las chicas…
-Ay, no, gracias, pero estoy muy muy preocupada.
-Sí, es terrible lo de la conchuda de la esposa de este viejo tupamaro del orto
-Ay, Mirtha, no hablés así, por favor. Además, además…
-Además qué, pelotuda.
-No, que vos me metiste en está. Vos lo elogiabas al viejo zaparrastroso…
-Pero, ma’ qué estúpida que sos nena, siempre te tengo que explicar todo a vos!?
-…
-Escúchame bien salame: si te dije que hablaras bien del forro de Mujica y si lo llamé a Mauri para que lo invitara a la inauguración del Colón fue para poder sacarnos de encima a los zurdos montoneros que nos gobernaban
-Ah, ah.
-Ah, ah, qué Susana. “Lo único que falta es que me quieras dar lecciones de estrategia política vos! ¿Vos sabés quién habló con el almirante Rojas y el zapallo de Aramburu? ¿Quién te crees que siempre golpeaba la puerta de los cuarteles?
-¿Los radicales?
-Mirá qué si sos tan pelotuda te voy a tener que pegar un roscazo.
-¿El doctor Mariano?
-No, nena, yo, yo, yo. ¿Quién te crees que le hizo ganar la interna a Carlos contra el Tony Cafiero? Me tenés podrida.
-Bueno, bueno, no te pongas así, decime qué querés que haga. Pero yo estoy muy mal si no podemos darnos una escapada a Punta.
-Acá la principal perjudica soy yo, que el Pepe me expropió la chacra en José Ignacio. Además vos vas más a Miami, así que no llorés.
-Bueno, pero lo digo por todas. ¿No querés que hablemos con Mauri, o Carlos, o el Pancho, o Daniel?
-No te preocupes, ya me cansé de los intermediarios, ahora voy a dirigir las cosas directamente yo.
-¿Qué vas a hacer?
-Déjalo por mi cuenta.

(Continuará…)

jueves, 20 de mayo de 2010

¡Volvieron las Invasiones Charrúas!


Parte 6

A las tres y media de la mañana el Pepe se despierta sobresaltado por la luz de la luna llena. Sale de la carpa de lona y ve, a lo lejos, una deshilachada bandera uruguaya que se ondea sobre una escuela. Piensa que es hora de cambiar ese sol amable y medio ñoño por una expresión más desafiante y aguerrida. Que tenga la mirada metedora y rústica de un zaguero como Nelson Gutiérrez, el Hugo de León o el Paolo Montero, piensa. Que meta un poco de miedo, carajo. El insomnio no cesa y ahora piensa en demoler las mansiones de los argentinos en Punta del Este y llenarla de pasteras que escupan celulosa a troche y moche. La Lucía le duerme al costado, y el Pepe empieza a desmontar la carpa y la lleva en sus brazos hasta el sidecar.
Acelera la motoneta y sigue el curso del río Negro. Cuando el margen se estrecha, cruza hacia la ribera norte e ingresa en la pequeña ciudad. La fábrica está un poco derruida, pero en sus paredes aún persiste, intenso, el perfume ácido de las cáscaras de naranjas y la quinina. Los toros impresos en los carteles parecen resucitar. Con gesto adusto, el Braulio López y el Pepe Guerra hacen guardia en la puerta de entrada. “Pasen nomás, camaradas y compañeros”, les dicen al Pepe y a la Lucía, que ya está despierta. “Dale, paspado, que esto lo tendrías que haber hecho hace tres meses”, dice la senadora mientras empuja al presidente hacia el interior de la fábrica.
Los fantasmas de los 33 Orientales forman un camino impar hacia la bódega donde se encuentra el enorme caliz de la prosapia charrúa. Un frasco enorme, de 100 litros, con el cadáver del general José Gervasio Artigas conservado en agua tónica.
El eterno capitán Obdulio Varela destapa el frasco, toma un chivito enorme y lo sumerge en la tónica. Espera diez segundos, quita el sándwich del frasco y se lo pasa, ceremonioso, al Pepe. Lucía lo mira y lo induce. El Pepe le pega un tarascón. Los Treinta y Tres Orientales aplauden, Los Olimareños entonan “Al general Leandro Gómez” y la Lucía dice: “Pepe, la gesta heroica ha comenzado”. Ya amanece en Paso de los Toros.
(continuará…)

viernes, 22 de enero de 2010

Las invasiones charrúas. Parte 5


Lucía lo despierta con unos verdes bien cebados con yerba Canarias y antes de que el Pepe amague con ponerse sus alpargatas, le sacude: “Che, bó, ya pasó casi un año y todavía no has cumplido con la promesa, eres un abombado”. El Pepe agacha la cabeza, refunfuña un poco y sale de la cama.
Corre las cortinas de plástico y le pega una patada cortita a uno de los oficiales que vela por su seguridad. “Fuira, carajo”, dice. Le pone nafta con un bidón a la motoneta, engancha el carrito, lo carga con unas sandías y un bidón de agua con gas Salus. Lucía se sube y parten a toda velocidad.
Los escoltas se avivan y salen detrás del Presidente y la Primera Dama. Seis motos policiales superan la línea del Pepe y cubren sus espaldas dos jeep del ejército.
El Pepe no se amilana y acelera con la banda presidencial cruzando su cuero peludo. El viento peina sus canas y refresca los bigotes. La Lucía lo agarra con fuerza y cada unos veinte kilómetros le pasa un poco de agua.
Poco antes de llegar a Durazno, el Pepe pide que le pase una sandía. Con las patas sobre el volante, le clava un tramontina y corta un buen pedazo. Hinca sus dientes sobre el fruto rojizo. Pega un volantazo. Algunas motos policiales chocan entre sí. El Pepe mira a los que están sobre los jeep y les escupe las semillas en los ojos. Desengancha el carrito y mete la motoneta en medio de un campo forestado. Ya atardece y el Pepe y la Lucía se pierden de vista en un monte de eucaliptus. Su destino es incierto.
(continuará...)

martes, 29 de diciembre de 2009

Las invasiones charrúas. Parte 4


Una acción psicológica devastadora
Son tres oficiales charrúas. A las cuatro de la mañana, cuando se apagan las últimas luces de Puerto Madero, saltan del ferry amarrado en la dársena E y corren vestidos de joggineta por la avenida Alicia Moreau de Justo hasta el Luna Park. Allí doblan, y siguen corriendo, parecen una visión triplicada de la veloz Hormiga Alzamendi en un entrenamiento dirigido por el Bambino Veira en el river plai del 80. No hay interrupciones, ni fatigas ni jadeos. Son tres saetas que surcan presurosas el asfalto de la avenida Corrientes. Van y van, corren y corren. “Vamo, vamo, vamo arriba la celeste”, entona por lo bajo el que lidera el grupo, como en un mantra. Solo aminoran su marcha cuando atraviesan la avenida 9 de Julio. Señalan el Obelisco y se ríen. Una gigantografía gigante de Eunice Castro sobre la marquesina del teatro Premier los motiva y aceleran aún más el trote. De un tirón ya ven el imponente edificio del ex Mercado de Abasto. Doblan en Anchorena, los restaurantes de tango para turistas están vacíos. Se meten por el pasaje Carlos Gardel. Se detienen un par de segundos. Convertido en bronce, el Morocho del Abasto les regala su sonrisa eterna. Esmoquín y moño. Pelo bien engominado y peinado hacia atrás. De un bolso, sacan una camiseta de la selección uruguaya, unas alpargatas, un mate de bronce, un termo con una calcomanía de Conaprole, un gorro visera con la propaganda de Ancap. En menos de treinta segundos visten a la estatua. Se sacan los buzos y los jogging adidas azules con las tres tiras blancas. Se ponen unos ambos negros de Giesso y se van caminado bajito por Corrientes. Cuando llegan a la calle Montevideo, se meten en el café La Paz y se piden un café con leche con tres medialunas de manteca para cada uno. La tarea del día está cumplida.

martes, 22 de diciembre de 2009

Las invasiones charrúas. Parte 3


Dos embarcaciones amarradas en la Dársena E de Puerto Madero. Son de bandera uruguaya. Quienes las mira, luego de comerse un bife de chorizo de tres cuarto de kilo y de erogar un par de centenares de dólares, piensa que están en desuso, tiradas sobre el río, como si fueran unos viejos Renault 12 amarillos que el sol terminó volviendo blancos. Les faltaría, tal vez, dos latas grandes de pintura sobre el techo, en señal de venta o permuta. El señor que se comió los bifes y se tomó dos botellas de Malbec mendocino se pasa la mano por su panza y sonríe satisfecho. Su mirada ahora se pierde del otro lado del río, donde realmente comienza esa aglomeración de hierro y cemento casi deshabitada que se llama Puerto Madero. Mira para el otro lado, para el puente embuste de Calatrava. Se escucha un leve movimiento de uno de los ferry orientales, pero nuestro señor se entretiene con un par de alumnas que terminan sus clases nocturnas en la Universidad Católica Argentina. Su mirada las sigue y las sigue. Queda embelesado, se vuelve acariciar su panza. El Black Berry de última generación comienza a vibrar. “Hola Gringo, ¿cómo va todo?. ¿Cómo??? Me tas jodiendo o yo estoy medio en pedo. ¿Cómo que nos pararon el cargamento en el puente? ¿Pero no habíamos arreglado ya con el Pampa Dangelis? ¿Qué mierda le pasa ahora, salió tres veces en lo de Mirtha y ya se cree que nos puede parar un cargamento? Ah, ah, ah. ¿Y quién fue entonces? ¿Busti? ¿El vasco Urribarri? No. No te puedo creer, pero me estás cargando, me estás tomando para el churrete. Mirá que el Día de los Santos Inocentes pasó hace rato. Pero la puta que lo parió, que me vas a hacer caer mal la comida. ¿¿¿Los yoruguaaas???? ¿Y desde cuándo se les da por cortar puente a los roñosos esos? Pero que no te la puedo creer. ¿Y les ofreciste guita?? ¿No quieren nada? Ay, la puta madre, ahora se les dio por hacerse los cojonudos. Bueno, hace una cosa, decile que suban y que pasen por la frontera por Brasil, después vemos cómo nos arreglamos. Y no me jodas más, papá, que yo quiero soluciones y no que me traigas problemas a cada rato”.
El temible Dr. Zinx cuelga el teléfono, escupe al río y le hace una seña al chofer para que acerque el auto pasando por arriba de la peatonal.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Las invasiones charrúas. Capítulo II


Todo se vuelve gris
Corrió el brazo de su novia, levantó el celular y vio que eran las 14.47. Domingo, pocas horas de sueño, pero estaba totalmente desvelado. Cuando se levantó de la cama, pisó la caja del último compact de Jorge Drexler y lo hizo trizas. Uno de los plastiquitos se le clavó en el talón y comenzó a sangrar. Se cubrió la pierna con la bandera de la murga Agarrate Catalina. Puteó un poco, se fue para el baño, se puso unas gasas. Volvió a la habitación y la novia seguía durmiendo. Decidió salir a leer los diarios. El sol de marzo era, decididamente, perfecto. No había ni una puta nube en todo el cielo.
Joven militante de la centroizquierda sabatellista, Martín Artigas había nacido en Canelones y se había venido cinco años atrás a estudiar Sociología en la Universidad de Buenos Aires. Tenía 25 años y coleccionaba discos de vinilo de Los Olimareños y de Labarnois y Carrero.
A media cuadra del bar se cruzó con Chacho Álvarez y dudó entre putearlo o saludarlo afectuosamente. Chacho siguió caminando para abajo y se fue. Agarró Clarín y Página 12 y pidió un cafecelli bien cargado. Van der Kooy decía que el presidente Reutemann iba a bajar las retenciones de la soja al 20%. Roberto Navarro entrevistaba al vicepresidente Solá, que marcaba diferencias y decía que había que generar un esquema de retenciones móviles. Se cumplían cinco años del corte en Gualeguaychú. El Boca dirigido por Diego Cagna jugaba la cuarta fecha contra el San Lorenzo de Rubén Darío Insúa. Una mujer afirmaba que del cuerpo embalsamado de Sandro salía uno de cigarrillo y proponía embalsamarlo. Pepe Mujica declaraba que “las relaciones con la Argentina no son ni buenas ni malas, son normales”. China Zorrilla era aclamada en su llegada al puerto de Montevideo.
A las 16.47, Cuando Martín salió del bar, el cielo se había aplomado y todo parecía completamente gris: los árboles, los autos, los frentes de los edificios. No se cruzó a nadie en esas tres cuadras que lo unían con su casa. Pensó que era por el partido de Boca. Se apuró en llegar a la casa. Su novia se había ido. Prendió la radio. En la Rock & Pop había una canción de Daniel Viglietti. En Radio Nacional pasaban un tema de Zitarrosa. Víctor Hugo relataba por Continental el partido entre Peñarol y Danubio. Fue hasta el baño, se refregó los ojos. Le llegó un mensaje de texto desde el número “1828”. “Prendé la tele”, decía. En Canal 7, Julio Bazán corría agitado arriba del puente. “Urgente Gualeguaychú”, decía el videograph. “Aquí estamos, es todo muy extraño, todos están muy sorprendidos”, gritaba. El camarógrafo corría acelerado. Cuando la imagen se estabilizó, se vieron a cuatro asambleístas que sangraban en el puente. Todos tenían un alpargatazo clavado en el medio del pecho.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Las invasiones charrúas. Capítulo I


Estalla por los costados el living de Susana

En principio se trata de una escena habitual. Munida de su gran anotador con un puñado de preguntas escritas por su equipo de producción, la diva de los teléfonos grita fuerte el nombre de China Zorrilla, desde la isla de edición mandan unos aplausos fuertes y la orquesta de shopping center celebra la llegada de la actriz argento-uruguaya arremetiendo contra un estándar de George Gershwin. China aparece por detrás del decorado, renguea un poco y sonríe mucho. Susana la toma de su brazo y caminan juntas hacia los blancos sillones que simulan un living. Detrás se ven unas gigantografías que simulan la vista de una ciudad que podría ser la Buenos Aires que alguna vez soñó Jorge Telerman.
Las actrices se saludan con cortesía, con franca familiaridad. Hablan de lo lindas que están, de lo jóvenes que se sienten, China le dice que Carlitos Percivalle le manda saludos, y juntas recuerdan una tarde de té en Punta del Este. Susana le pregunta sobre la película que filmó con Boy Olmi, y ella le responde algunas vaguedades y reparte elogios para el resto del elenco.
Detrás de la línea de cámaras, un productor le pide a Susana que se apure, que el rating se viene cayendo en picada. China se hace la sota, pese a que percibe las señas. La conductora le pide que le cuente por enésima vez las pícaras anécdotas de la China en París. La uruguaya contesta y trata de ponerle onda, pero su lengua se traba un poco y la charla se ralentiza. El productor le pide a Susana que vaya cerrando, que van a un corte, porque los espectadores se están fugando a Canal 13. Su se hace la que no entiende, pero se desconcentra y pregunta: “China, ¿este año haces temporada en Punta?
Zorrilla mira de reojo a los productores, se enfurece, vacila y descarga: “Qué mierda te importa, forra del orto, si en realidad todos quieren ir a un corte y que me calle la boca”. Su sonríe y dice: “Ay, qué lindo lo que decís, me hace acordar a Esperando la carroza”. China vomita: “No ves que sos una tremenda pelotuda enceguecida, no sabes ni la tabla del dos. ¿Sabés que yo me vine para acá de Uruguay porque hubo un golpe de Estado, pero vos mientras estaba la dictadura no dudabas en garcharte al primer generalito que se te ofrecía?”. Desde la producción dudan entre mandar al corte o seguir, el rating acaba de subir abruptamente. Susana enmudece. China aprovecha el hueco y da la estocada final: “Facha de mierda, porque no pedís represión a los que se afanan autos de discapacitados y se hacen los uruguayos como vos para esconder la guita y no pagar impuestos. Ojalá que el Pepe te confisque los depósitos, chorra”. Se levanta y sale corriendo. “No parece que tuviera 87 años, está cada vez mejor China”, dice Susana y pide el corte. Si en vez del decorado hubiera ventanas de verdad y si ese living estuviera en un piso alto de la avenida Paseo Colón, tal vez podrían percibir los primeros movimientos de la flota armada en el puerto de Montevideo.
(Continuará...)