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domingo, 10 de junio de 2012

Los hermanos Fantaguzzi viajan a la Revolución de Mayo

Por Horacio Dall'Oglio




Cacho, el mayor de los Fantaguzzi, enciende el motor de bombeador de la bicicleta, comprueba los valores del manovacuómetro en el manubrio, mira a Tito sentado en el sidecar con las antiparras puestas, acciona hacia adelante la palanca de cambios de un Torino Cupe modelo ’75, y empieza a pedalear como si estuviera en el gimnasio, sin moverse de lugar. De pronto se enciende el acelerador de protones y comienzan su viaje en el tiempo. Destino: Buenos Aires,  junio de 1810, en los alrededores del Cabildo.
- Uf, que estuvo largo el asunto che –dice Tito, sacudiéndose el pelo.
- Si, casi nos quedamos en el bombardeo del ’55. ¿Estás seguro que le pusiste pasto verde al tanque? –dice Cacho, con tono inquisidor- Mirá que las pruebas del biopotenciómetro no anduvieron bien con pasto seco, eh.
- Si…ya sé hermanito, confiá en lo que te digo, si parecía sacado de una cancha de la Premier Ligue.
- Bueno, listo.  Vamos a esconder rápido la máquina antes que la vean –Cacho saca el control remoto del decodificador del cable y hace desaparecer la Maquina del Tiempo.
- Che, pero que fresquete hace acá –dice Tito, mientras caminan hacia la calle y empiezan a pasar los primeros carros de dos ruedas.
- No desesperes, traje dos electro-ponchos de época, que también sirven para volar llegado el caso –entonces, el mayor de los Fantaguzzi mete la mano en una riñonera comprada en el Once y despliega instantáneamente dos abrigos- Ahora sí, crucemos que Castelli está del otro lado, en el Fuerte –y cuando dice esto, un carreta tuneada con los vidrios bajos pasa por la calle de tierra  haciendo sonar "I wanna be sedated"  de Los Ramones, desde un megáfono que apunta hacia afuera de la ventana- ¿Vos viste lo mismo que yo, Tito?
- Si, un tipo en un carro tirado por un caballo con velas de colores en las patas y un tremendo parlante sacatímpanos ZF 3001 -apunta Tito entusiasmado.
- ¿Y no te parece raro?
- Salvo porque escuchan Los Ramones en pleno 1810, no, nada -dice Tito con naturalidad.
- Pero, no te das cuenta.  Hace un rato le vendimos el fonógrafo a Newton.
- Si ¿y?
- ¿Cómo "y"? Que provocamos una paradoja espacio-temporal por la cual se adelantaron como doscientos años en su evolución musical, y esto mismo alteró el destino de millones de personas por más de cuatro siglos.
- Igual yo prefiero el segundo disco, sonaban un poco más crudos. Vos qué decís que escucha Castelli -pregunta Tito, sin preocupación alguna.
- No sé, ¿Judas Priest?
- Apostemos, yo digo The Clash.
- Hecho, Judas. Ahora vamos a lo nuestro, después vemos cómo arreglar este quilombo.




Tito y Cacho Fantaguzzi  atraviesan la Plaza de la Victoria y pasan por la feria de economía social emplazada en la Recova Vieja, a mitad de camino entre el Cabildo y el Fuerte. Allí se cruzan con vendedores ambulantes,  señoras con vestidos acampanados, barritas de chicos que corren por la galería con pelotas de trapos,  y perros que se meten entre las patas.
- Permiso, gracias, disculpe, permiso, permiso, gracias.
“A los Frenchs y Berutis rellenos de dulce de leche. A los Saavedritas de crema pastelera, A los Saavedritas de crema pastelera”
“A los pañuelitos con los integrantes de la Junta bordados, dos pesetas cada uno, tres por cinco”
“Guantes revolucionarios, lleve su guante revolucionario. Hay estilo Monteagudo con tachas de madera y dedos cortados, estilo Moreno bien cociditos”
-Permiso, permiso.
“A la leche de la Revolución, a la leche de la Revolución. Más blanca que las medias de Belgrano, más blanca que las medias de Belgrano, patrona”
“Frutas y verduras de la Revolución bien frescas, mandarinas con la cara de Paso y Larrea, papas con forma de Azcuenaga y Alberti”
“Coma y comente, el pan relleno que elige el presidente, coma y comente”
-Permiso, permiso, gracias, gracias.


El bullicio se aplaca y los hermanos inventores se acercan al fuerte.  Al llegar dos soldados que llevan auriculares escondidos en sus gorros le impiden el paso con sus fusiles cruzados, pero logran sortearlos fácilmente con una Playboy de mediados del siglo XIX que muestra las pantorrillas de Juana Manso, y que dejan en sus manos. Ya adentro, pasan por las oficinas de los distintos integrantes de la Junta hasta llegar a la de Castelli, donde Cacho lee en la puerta:
- “Juan José Castelli. Oficina de la Revolución. Golpee y será atendido o fusilado, que es casi lo mismo”. Relajados Tito eh, que no nos amedrente, ¿vamos…? -en ese momento su hermano lo interrumpe.
- Pará, ¿escuchás? –del otro lado de la puerta suena “London Colling” de los Clash- ¿Qué te dije? Poniendo estaba la gansa –dice Tito, haciendo el gesto de cobrar con sus manos.
- Hubiera jurado que le gustaba Judas Priest. No sé, ese aire de come bebes crudos de Rob Halford, con muñequeras hasta el codo y látigo en mano, me parece que le quedaba bien a Castelli –dice Cacho decepcionado.
- A este dejámelo a mí –y enseguida Tito golpea a la puerta. De adentro una vos grave y firme dice:
-Pase, por favor –la puerta chirrea y Los Clash empiezan a sonar más fuerte. En el fondo de la habitación lo ven a Castelli tirándose del escritorio al piso con un perchero como guitarra. A un costado lleva un sable y al otro un revolver- ¿Qué tal? Esperen un segundo que bajo la música –se acerca a un radiograbador con casetera en el medio y parlantes a los costados, baja el volumen, después saca la cinta y se la queda en la mano-  Ahora sí. Disculpen, es que mi primito Belgrano me trajo este cassette hace unos días y no paro de escucharlo. Me parece que el año que viene, en el primer aniversario de la Revolución, en vez de poner una pirámide pedorra a mitad de la plaza tendríamos que hacer el esfuercito y conseguir que vengan a tocar a Buenos Aires. ¿En qué puedo serles útil caballeros?
- Buenos días señor Castelli, nosotros somos los hermanos Fantaguzzi, somos inventores y venimos a traerle  una propuesta importantísima para el desarrollo integral del proceso revolucionario –dice Tito, adoptando un aire de seriedad en sus palabras.
- Ajá –Castelli lo escucha mientras intenta rebobinar a Los Clash con la uña del meñique derecho.
- Bien se trata de la primera locomotora a vapor del mundo, antes inclusive que los británicos estén trabajando en este tipo de transporte.
- Ajá, y que es una “locomotora” –dice Castelli, imitando el tono.
- Es una máquina con ruedas que gracias al impulso del vapor tiene la capacidad empujar vagones en los que puede cargar todo tipo de materia prima, o bien puede acondicionarlo de manera tal que las personas se muevan de un punto a otro de la ciudad, sentados como si estuvieran en el living de su casa.
-Ajá, está interesante ¿Tienen planos o algo por el estilo? –dice Castelli, que continua con retrocediendo la cinta con el dedo.
- Si, si, acá mire, mire –y Tito despliega unos rollos sobre el escritorio.
- Si, reamente interesante ¿Y cómo dicen que construirían esta máquina? –pregunta Castelli, levantado la cabeza y sin dejar de rebobinar el cassette con su dedo.
- Ahora le digo, pero me permite antes que le regale un rebobinador automático, porque hace una hora que lo estoy viendo que no le engancha a la cinta –Cacho se alarma y le advierte en tono confidencial:
- ¿Qué hacés Tito?¿cómo le vas a dar una birome a este tipo? la teníamos que dejar para el siglo XX.
- Tranquilo hermanito, con esto me lo meto en el bolsillo  –Castelli al verlo cuchichear tose adrede.
- Ejjem, ejjem.
- Si, ya estamos señor. Mire como le decía, este es un rebobinador automático. Lo coloca en el engranaje del cassette y lo único que tiene que hacer es mover la mano hacia un lado y hacia el otro. Ve, así –Castelli queda fascinado.
- Increíble. Muchas gracias joven emprendedor, y en que nos habíamos quedado.
- Viste Cacho, ya lo tenemos, a este me lo cargo como si fuera Nadal jugando en un torneo infantil- dice Tito y se dirige a Castelli- Entonces, lo que necesitaríamos sería un crédito a tasa fija de la Junta, a pagar en ochenta y seis meses, mas o menos, para poder diseñar el prototipo. Una vez hecho, la Junta se encargaría de poner en funcionamiento el sistema de rieles por los que pasaría el tren, incluidas las  estaciones, talleres y hasta el pica boleto del guarda, y cuando esté todo listo, nos hacemos cargo de la empresa, por su puesto con una tarifa subsidiada para que los pasajeros no tengan que pagar de sus bolsillos los costos de semejante inversión. De paso, no haría falta enviar un tipo a caballo durante miles de kilómetros para avisar a los congresales de las distintas provincias que se sumen al proceso revolucionario, en dos o tres días ya tendrían la respuesta. ¿Qué le parece?
- ¿Qué me parece? –dice Castelli, enojándose- ¿qué me parece?, que ustedes dos se están haciendo los vivos. Quieren que la Junta les preste plata y vaya a saber uno si esta cosa va a funcionar, y encima pretenden que toda la inversión la hagamos nosotros mientras ustedes levantan en pala la guita de los pasajes. Saben que, lárguense antes que haga una red de tenis con sus tripas. A los crápulas como ustedes los conozco bien, el otro día sin ir más lejos vino un tal Edison a vender unas lamparitas con algo llamado electricidad, un chanta bárbaro.
- Te dije que Edison nos iba a ganar de mano –dice Cacho, confidente.
- No nos desconcentremos Cachito –y viendo a Castelli que empezaba a cargar la pólvora de su revólver dice-: Denos una oportunidad, Castelli.
- Ustedes se quedan bajo su responsabilidad –dice Castelli, mientras intenta destrabar el hierro que aplasta la pólvora.
- Piénselo, todas las provincias comunicadas con un único puerto, Buenos Aires.
- ¡Saquen su culo de mi vista de una vez! –grita Castelli, colérico.
- Mire le vamos a decir la verdad Castelli –dice Tito, con tono apaciguado.
- No seas boludo. ¿Qué hacés?
- La verdad es que venimos del futuro y queremos que el ferrocarril se invente acá en el Rio de la Plata. Por eso le traemos la propuesta dos años antes que lo hagan los ingleses.
- ¡Ah! Encima de todo dicen venir del futuro, tómensela al carajo –dice Castelli y empieza a disparar al techo del Fuerte.
- Rajemos Tito no hay caso.
-En serio, sabemos su futuro.
- A sí, ¿y cuál es?
- Su muerte, no falta mucho, y va a ser por una enfermedad en la garganta.
- Haceme reír el upite, sin vergüenza. Yo el orador de la Revolución, con problemas de garganta –dice Castelli y continúa con los disparos.
- Vamos dale, vamos Tito, ya fue.
Cacho y Tito Fantaguzzi salen corriendo de la oficina, atrás los persigue Castelli con el arma en una mano y el cassette en la otra. Ya afuera los soldados ni se percatan de la persecución porque se encuentran embelesados viendo los codos desnudos de Juana de Azurduy. Los hermanos Fantaguzzi despliegan los ponchos, pegan un salto y salen volando por encima de la Plaza de la Victoria hasta llegar a la Máquina del Tiempo. Castelli se queda en la entrada del fuerte, asombrado.
-Bueno, al menos me dejaron el rebobinador automático –dice y se va haciendo girar el cassette en el aire.
Este fue otro episodio ocultado sistemáticamente por la historia oficial, pero fue sobre todo  una historia más de los hermanos Fantaguzzi.