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lunes, 18 de mayo de 2009

La cara del horror (parte III)

(Una historia no apta para personas sensibles o impresionables)

Con la sangre saltando a borbotones de su frente, Juan R. se bajó en la estación Avellaneda, abucheado y escupido por el resto de los pasajeros. La vista se le nublaba y tropezó con un carrito de panchos. Cayó al suelo. En ese momento entendió que había perdido su bolso. Y sus modernas linternas. Tres hombres de rigurosos sobretodos negros vinieron a socorrerlo. Le dijeron que no se preocupara, le preguntaron qué le había pasado, le compraron una botella de agua mineral, le cubrieron la frente con una gasa que no entendió de donde había salido, le prometieron que lo iban a llevar al hospital más cercano. Dos de ellos lo tomaron de sus hombros y actuaron como muletas humanas. El tercero iba unos pasos más adelante, mirando para uno y otro lado. No notó que iba un cuarto hombre detrás suyo hasta que subieron a un Peugeot 707 con los vidrios polarizados. Pusieron Radio Diez y el Negro González Oro, con un par de chistes procaces, provocó la primera sonrisa del día en Juan R. Giró su cabeza buscando complicidad en sus socorrontes. Ninguno de los dos entre los que estaba apretujado tenía rostro. O un rostro como el que suele tener el común de los mortales. Las cabezas eran cuadrados con una ranura horizontal a la altura de la boca. Juan R. se frotó los ojos. El que iba adelante, junto al chofer, la usó para hablar a través de un celular de última tecnología. “Vamos para lo del ministro”, dijo. Juan R. vio que el Peugeot importado subía a toda velocidad en la autopista Arturo Illia en dirección a La Plata.

(continuará...)

2 comentarios:

martin sabsay dijo...

mamita, ya llegaron los monstruos

la banda de los horneros solitarios dijo...

y encima son del conurbarete